Un claro
objetivo de la ideología de género es destruir el matrimonio y la familia, a
pesar de que son el lugar ideal para el nacimiento y educación de los niños, el
ámbito donde mejor florecen la libertad y responsabilidad, el lugar ideal para
morir, rodeado del cariño de los tuyos. Además su índole totalitaria hace que
pretendan hacer ilegal cualquier opinión contraria a la suya, tildándola
siempre como fobia a algo e incitación al odio. Incluso el preguntar si un niño
se encuentra mejor en una familia formada por sus padres biológicos casados o
en una compuesta por padres divorciados y recasados o en una familia de hombre
y mujer mejor que en una formada por padres del mismo sexo, son preguntas
intolerables, reaccionarias y homófobas.
Están
consiguiendo con sus leyes, en las que impera el relativismo antifamiliar, que
el porcentaje de familias con hijos descienda, mientras aumenta el número de
padres o madres que educan solos a sus hijos y el porcentaje de parejas no casadas.
Y es que en la ideología de género la lucha de clases propia del marxismo pasa
a ser la lucha de sexos, donde el hombre es el explotador y la mujer la víctima
explotada. Y si encima se sustituye el derecho del niño a tener un padre y una
madre, por el del adulto a tener un hijo, y si además se piensa que la figura
de la madre es algo negativo, y hay que liberar a la mujer de esos lazos, por
medio del lesbianismo, la anticoncepción y el aborto, tenemos que también los
hijos quedan desprotegidos porque como mínimo se les priva de la ayuda de uno
de los padres.
En cambio la
vida cristiana matrimonial se basa en una relación de amor, que supera la
simple amistad, entre un varón y una mujer, integrando en el amor conyugal la
afectividad y la sexualidad y sabiendo vivir estos valores desde la fe y la
fidelidad a Dios. “Todos los esposos están llamados a la santidad en el matrimonio”.
El matrimonio es gracia, don de salvación, vocación a la santidad, del que Dios
se sirve para realizar su obra.
El amor es
un don de Dios, pero un don que hay que cultivar, porque si no nos preocupamos
de desarrollarlo, termina por extinguirse. Por ello, si después de la ceremonia
religiosa, se abandona totalmente la vida cristiana, si no se ora nunca, ni individualmente
ni en pareja, si no se intenta vivir cristianamente la tarea de esposos y
padres, está claro nuestro alejamiento de Dios y que la gracia del pacto del
matrimonio permanecerá estéril por nuestra culpa.
Es necesario por ello que se haga de la fidelidad el principio
inspirador de la vida conyugal, y que el amor cristiano no esté falto de
realismo. Sin olvidar que la convivencia tan íntima que exige la vida
matrimonial nunca es fácil, por lo que hay que saber perdonar y reconciliarse.
Seamos conscientes de nuestra debilidad y de que la fuerza no está en nosotros,
sino que dependemos de la gracia de Dios, y que Dios siempre está dispuesto a
ayudarnos.

Autor: Redacción
Fecha: 11-10-2019
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