No hay duda
de que estamos viviendo en tiempos donde ocurren cosas muy extrañas en nuestra
sociedad. Este fenómeno obedece a que,
aunque no se ve todos los días, manifiesta de un modo patente el desprecio y el
desdén hacia los valores morales y espirituales. Ese desprecio tarde o
temprano, ha de llevarnos a la ruina. Pues así como la civilización comenzó
cuando el hombre cavó la primera sepultura, en señal de respeto por sus
muertos, terminará cuando deje de honrar a sus difuntos, en señal de haber
cavado su última sepultura: la de su conciencia.
¿A qué se
debe esa falta de respeto y desprecio por los valores morales que alguna vez
tuvimos por sagrados? En definitiva, no se debe a que hayamos llegado a un
punto superior de evolución, sino todo lo contrario. Hemos perdido el pudor, la
vergüenza, la dignidad y el respeto a lo que antes venerábamos, porque hemos
confundido la libertad con libertinaje a tal grado que algún día las
generaciones futuras dirán de nosotros lo que se decía de quienes vivieron en
la época de los jueces bíblicos: Cada uno hace lo que se le da la gana (Jueces
17:6; 21:25). Pues hemos tomado nuestras libertades fundamentales – la libertad
de pensamiento, la libertad de conciencia y la libertad de expresión – y las
hemos llevado al extremo de convertirlas en licencia para practicar la
inmoralidad, deshonestidad, lujuria, lascivia, perversidad, bestialidad,
obscenidad y la profanidad. Si no es así, ¿como se explica que la pornografía
se haya convertido en el negocio más lucrativo en la actualidad?
Con todo
esto, nunca es demasiado tarde para recuperar los valores perdidos, solo
tenemos que volver a las sendas antiguas y acudir a Dios, en reconocimiento de
sus leyes morales y espirituales, pedirle como el salmista, que nos de
entendimiento para seguir sus leyes y cumplirlas con todo nuestro corazón.

Autor: Redacción
Fecha: 30-08-2019
Envió su palabra, y los sanó, y los libró de su ruina.
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